La palabra amor ha sido, tan manipulada y distorsionada, que ese exceso de uso eclipsa su verdadero significado.
Shakespeare dijo algo brutal: “Dices amar la lluvia, pero abres el paraguas cuando empieza a llover”.
Y si somos honestos, así ama mucha gente hoy.
Dicen amar… hasta que aparecen los defectos.
Hasta que llegan los días malos.
Hasta que la otra persona deja de ser fácil de cargar.
Porque es muy fácil amar la versión bonita de alguien. Lo difícil es amar lo humano. Las heridas. Las inseguridades. Las partes rotas que nadie sube a redes sociales.
Y aquí es donde el amor de Dios destruye completamente nuestra lógica.
Porque Dios no decidió acercarse a ti cuando ya estabas bien. Él vio tu caos, tus contradicciones, tus peores momentos… y aun así decidió quedarse.
Eso es amor real.
No un amor superficial que solo funciona mientras todo se siente bonito. Sino un amor capaz de entrar en la oscuridad de una persona sin abandonarla.
Pero escucha esto: Dios te ama demasiado para dejarte igual.
Porque el verdadero amor no celebra tu destrucción emocional, espiritual y moral. El verdadero amor confronta, sana y transforma.
Por eso el amor de Dios no es solamente consuelo. También es transformación.
Él no vino solo a hacerte sentir aceptado. Vino a rescatar la versión de ti que estaba muriendo por dentro. Vino a restaurar la identidad que el dolor, el pecado y el vacío habían deformado.
Ese es el amor que muchos nunca conocieron. Un amor que no huye cuando aparecen las grietas… pero que tampoco te deja viviendo dentro de ellas. Dios te quiere llevar a la mejor versión de ti
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